Fábula

Miostigmatismo

¿Te ha pasado que al intentar coser la bastilla de tus pantalones no logras ni siquiera insertar el hilo en la aguja?… cuando después de haber salido al patio a plena luz del sol, mover la cabeza atrás y adelante buscando enfoque y un sin fin de esfuerzos más de experimentos sin éxito, con guerra declarada entre hilo y aguja, más molesto que rendido, decides ir con tu abuelita a entregarle el remanente y aprovechando pero sin ser aprovechado, ella termina por completarte la tarea… ¿A quién no le ha pasado esta o alguna otra adversidad similar por culpa de la ceguera? 

Para mí, el aceptar mi incapacidad de ver con claridad los objetos, había sido durante mucho tiempo una tarea imposible, ya que entre otras cosas, mi vanidad, mi orgullo y mi bolsillo estarían acabados. Mi condición se había vuelto un tema de conversación prohibido, ni con mi abuelita lo llegué a platicar y eso era raro tomando en cuenta lo bien que me llevaba con ella… Cada vez que ocupaba de su vista de águila, mi táctica era acercarme con pantalones, hilo y aguja en mano, e iniciar una buena plática disimulando mi interés por coser en su compañía y sabiendo que para ella era imposible que un hombre hiciera semejantes labores, en seguida conseguía que su buena voluntad hiciera la labor enterita. Algo parecido aplicaba para todo lo que significara esforzar mi vista más de lo normal, por supuesto para evitar dolores de cabeza y estrés. A todo eso le llamaba facilitadores, que en muchas ocasiones lograron camuflar mi condición e incluso me ahorraron pedir tanta ayuda, aunque varias veces llegaron a parecer ridículos. Por ejemplo, si se trataba de leer, buscaba audiolibros de todo, me guiaba con los títulos y subtítulos de los artículos de internet haciendo zoom en los párrafos, tenía también una lupa que utilizaba mientras estaba a solas y siempre me senté al frente del salón para no sufrir tanto al intentar descifrar los jeroglíficos del maestro. Como último recurso estaba mi hermana de tercero de primaria, no me gusta reconocerlo pero, me leía los textos miniatura de las etiquetas a cinco pesos el párrafo, una cuota que exigió cuando se dio cuenta de que lejos de enseñarla a leer, mis constantes solicitudes, eran más bien un «problemita secreto de ceguera» << ¿Ridículo no? >> Por cierto, fue siempre la mejor en lectura de toda su clase y por su astucia, la más pilla de la familia.

A pesar de todos mis esfuerzos por esquivar mi ceguera en el día a día, andar por la calle siempre fué una odisea. Estaba igual que un perro huraño olfateando y ladrándole a desconocidos, agudizando mi oído por si un mal golpe me llegaba de sorpresa por la espalda. Por cierto, era desastroso para un Don Juan como yo, cuando las chicas me reclamaban el saludo al pasar por la calle y peor aún en la fiesta del siglo,  donde aquella tormentosa ceguedad, cobraba fuerza entre poca luz de fiesta en viernes por la noche. En estos casos me limitaba a tomar mis tragos sentado en la barra junto a mis amigos, a los que permanecía pegado como sanguijuela para no perderlos de vista, convirtiéndose en la fórmula perfecta de repelente de chicas.

En fin. Te preguntarás, cómo fue posible mantener en secreto algo que podía ser tan evidente. Aunque parezca absurdo, no para todos lo era, sobre todo cuando solía importarle poco a las personas, inclusive a mi familia… Sin embargo, según yo, mi mejor amigo fue el único que supo la verdad durante mucho tiempo, no por haberle revelado mi secreto mejor guardado, por supuesto <<lo cual por desgracia así fue>>. Conocí a Luca el primer día de la preparatoria, todo retraído y más bien enclenque, donde los dos, como seguramente la mayoría de los adolescentes que inician esta nueva etapa, pretendíamos ser todo lo opuesto a lo que habíamos sido hasta aquel entonces; él extrovertido y fuerte, y yo suspicaz, atractivo y por supuesto con la vista de águila de mi abuela, que aún de vieja, los ojos de águila, el oído de delfín y el olfato de perro, parecieron ser siempre su fórmula de la eterna juventud.

Luca, en realidad tiene una habilidad sobrenatural para detectar auras y es lo suficientemente sensible y empático como para prevenir intenciones. De alguna forma su sensibilidad y misticismo, desde siempre, lo hicieron parecer un <<rarito>> para muchos, incluso para mí. Habían transcurrido por lo menos 2 meses de conocerlo, cuando un día extraño, durante un trabajo en equipo, tras haberme negado mil veces a trabajar cerca de él para evitar que me viera usando mi lupa de bolsillo, las circunstancias me obligaron a visitar su casa para concluir la exposición de la primer evaluación de química. Luca, por supuesto, con una tranquilidad que disfrazaba sus intenciones, puso frente a mi, una pequeña hoja con la contraseña del wifi de su casa, que yo le había pedido para conectar mi computadora. No soltó jamás el papel, mucho menos dictó letra alguna, y tras 15 segundos de tensión y un gran esfuerzo de mi parte por conseguir enfocar la mayoría de las letras, Luca se apresuró a preguntarme, si mi vanidad era la causa por la que no me permitía usar lentes, su pregunta lejos de buscar una respuesta, fue más bien su modo de revelarme que siempre supo la verdad y que en realidad yo le importaba más de lo que pensaba. En ese momento, comprendí que Luca era más de lo que aparentaba, era astuto y un complemento de mi personalidad que hizo mash automático desde aquel instante. Terminamos siendo los mejores amigos y él, el cómplice de mi secreto, que lejos de persuadirme de lo contrario, vivió mi proceso como si fuera el propio.

Yo lo sé desde cuarto de primaria, mis padres me obligaron a usar lentes tras una campaña de lentes gratuitos que llegó a la escuela primaria de mi fraccionamiento. De cuarenta alumnos, solo yo y la compañera más callada de todos, resultamos con problemas de vista. Era un problema menor en aquel entonces, sin embargo, no duré ni una semana con mis lentes, me encargué de ellos después de haber sido bulleado por los de sexto grado y todos los demás chiquillos que les siguieron el juego. No olvido ese momento, parecía que los maestros eran los jueces de la masacre y yo el cerdito cuatro ojos en una tabla de cortar carne. Ese día al llegar a casa, les dije a mis padres que mis lentes se habían caído mientras el profesor de educación física nos hacía como correcaminos. En aquella escena inventada, yo caía encima de mis lentes al tropezar con un obstáculo enorme, más alto que mis rodillas. Todo lo había inventado con astucia, dándome el lujo de afinar detalles y crear evidencias para no levantar sospechas: primero me raspé las rodillas con un pedazo de tabique roto y piqué mi nariz hasta reventar un poco de  sangre… << juro que esta fue la única vez que hice algo parecido y me da pena reconocer mis pecados, así que les pido discreción y el gran favor de no repetir nada de lo que aquí confieso>>… Después de mi acto «ingenuoso» y para que mis padres no anduvieran husmeando con investigaciones, les aclaré y puntualice que con lentes o sin lentes, yo me sentía igual. Acto seguido y por motivos que aún desconozco, mis padres decidieron creerme y no hacer más preguntas.

Desde aquel entonces me juré no volver a usar lentes, teniendo ingenuamente la esperanza de que mi vista se recuperaría por si sola con el paso del tiempo, pero eso jamás pasó y ninguno de los remedios que hice me funcionó.

Cuando aún estaba en la secundaria, todos los días caminaba a la escuela con el afán de ahorrarme el dinero del pasaje y así comprarme un jugo de zanahoria con la señora de la esquina, Doña Antonia. Entre pláticas con mi abuela, supe que la zanahoria era un remedio milagroso para la vista y otros males, así que no dudé ni un segundo. Cada tercer día  durante casi tres años, yo llegaba al puestecito de Doña Antonia y mientras terminaba mi jugo, sostenía una buena plática con ella. Había calculado los tiempos exactos para estar puntual en clases, así que debía llegar con ella por lo menos una hora antes de la entrada a la escuela, tiempo suficiente para que me platicara muchas de sus aventuras joviales e historias fantásticas. Doña Antonia acabó convirtiéndose en algo así como mi segunda abuela y con el tiempo tuvo la confianza de preguntarme el porqué de mi afán por tomar jugo de zanahoria, ya que según ella, los muchachos de mi edad preferían cervezas prohibidas y papitas inundadas en salsa valentina. En varias ocasiones quise contarle la verdad, pero una fuerza en mi interior siempre me lo impidió, evadiendo sus preguntas con otros temas. Mi yo de aquel entonces no comprendió, que su cariño hacia mí, era porque vió a un muchacho diferente a todos los que había conocido. Un día ella simplemente no volvió a su puestecito.

La mañana en la que me enteré, era una mañana especial. Era el primer día de clases después de las vacaciones de verano y mi último año de secundaria, así que corrí emocionado hasta el puestecito de Doña Antonia, para contarle sobre mi primer viaje a Zacatecas, el lugar donde ella nació y del cual me contó un sin fin de historias sobre un árbol torcido, que provocaba las peores pesadillas a todo niño que lo conocía. Yo sabía que mi abuela vivió un tiempo en Zacatecas y para mi sorpresa descubrí que ella y doña Antonia eran primas… Mi abuela nos había acompañado al viaje y antes de llegar al rancho de mis tatarabuelos, señaló un árbol torcido del que me contó exactamente las mismas historias que doña Antonia. Después de investigar un poco, entendí por primera vez, que el lazo entre doña Antonia y yo era también de sangre y estaba ansioso por contarle mi descubrimiento. En su lugar encontré instalado a su nieto, un muchacho regordete y bastante despistado, que atendía a la gente que iba llegando dándoles todo a mitad de precio. Observé en la fachada de la casa un moño negro, lo supe desde ese momento. Mientras estuve en Zacatecas, Doña Antonia había muerto de un infarto al corazón, el pobre muchacho me contó la tragedia, que por poco se tatuaba en la frente de tanto y tanto explicar a los tan apreciados clientes que aún preguntaban por ella. La habían velado en su casa y tuvieron que cerrar la calle de tanta gente que se arremolinaba queriendo despedirse. Esa noticia había sido apenas el comienzo de un día muy triste, pues por la tarde, mi abuela murió del mismo modo que Doña Antonia. Las dos personas que hasta ese momento habían sido mis más grandes maestras de vida, me habían dejado solo, pero con muchas historias que contar, cosa que comprendí muchos años después.

Tras la muerte de mi abuela y Doña Antonia, sentí que todo lo bueno que tenía, se me había venido abajo. No volví a tomar jugos de zanahoria por mucho tiempo, perdiéndole la esperanza al remedio, mucho antes de que Doña Antonia falleciera. Tuve pesadillas durante muchas noches con el árbol torcido del rancho de Zacatecas, sus raíces se levantaban de la tierra persiguiéndome entre la oscuridad y llevándome por un camino cada vez más oscuro y desconocido, el terror me despertaba a mitad de la noche.

El tiempo pasó muy rápido y yo terminé el último año de secundaria más solo y desorientado que de costumbre. Estaba impaciente por comenzar la preparatoria, que prometía porvenires llenos de cambios radicales y donde todo eso que no tenía, podría al fin ser mío. Había sobreestimado la preparatoria por mucho, pues todo lo que buscaba de ella era algo parecido a cambiar de piel y recuperar la vista que, según yo, tenía antes de ser diagnosticado con ceguera, sin embargo, a cambio recibí una bofetada de realidad que me exigió un cambio de pensamiento.

Iniciar la preparatoria con Luca, fué la mejor de las casualidades que dió un giro a mi desafortunada vida. Juntos éramos los poderosos del salón. Las chicas se acercaban y nos sonreían, él fué por mucho tiempo mi visión y yo fui por mucho tiempo su careta. Mi habilidad de socializar había cobrado fuerza, pero sin darme cuenta comencé a descuidar mis estudios, dándole más importancia a quedar bien con los demás. Luca me seguía el paso, aunque siempre con más cautela. Un día de tantos, Luca se apresuró a decirme que algo en mí no andaba bien, trató de decirmelo de muchas maneras y en diferentes ocasiones, pero yo, además de ciego, me había vuelto sordo. Después de tanto insistir sin tener respuesta, Luca simplemente no habló más, se había alejado de mí como si yo fuera una enfermedad contagiosa, ya no estaba a mi lado y no me elegía para trabajar en equipo, ya no tomaba el mismo autobús, ni tomaba las mismas rutas. Me sentí ofendido, mas ciego que certero y con un orgullo que ni yo mismo entendía. Lo dejé ir. Durante mucho tiempo no me dí cuenta de muchas cosas, o quizá sí, pero jamás las quise ver por culpa de la ceguera que mi orgullo causó.

Al verme solo, mi comodidad se vino abajo y me encontré a mi mismo en un intento desesperado por seguir siendo feliz, por llenar los huecos con nieve seca, pero ya estaba vacío, lo estaba desde mucho tiempo atrás, es por eso que, terminar la preparatoria significó más que un cierre. Ya lo había perdido todo nuevamente, pero esta vez algo había conectado en mi cabeza, ahora había hartazgo, hartazgo de vivir en fantasías, de enfocarme en la aceptación de los demás, de no afrontar mis problemas huyendo siempre de ellos. Los últimos días de la preparatoria, busqué a Luca para limar asperezas. Él siempre tuvo razón.

Luca me escuchó, como mi abuela y Doña Antonia me escuchaban. Me vió romper en llanto, deshacerme de la tristeza y exprimir cada sentimiento que había guardado durante tantos años, la tristeza de perder a mis padres, de quedarnos mi hermana y yo huérfanos bajo los cuidados de mi única abuela. Le pedí perdón sinceramente, y él, me perdonó sin condición alguna, pero me dijo que la primer persona a quien debía perdonar, era a mi mismo. Luca me había sorprendido, pero ese día, me sorprendió mucho más de lo que lo había hecho cualquier persona en la tierra. Pensé en todo aquello por lo que había atravesado y todo aquello que no había querido ver. Yo mismo había sido todo esté tiempo mi propio verdugo. Ese día fui al oftalmólogo por primera vez.

El astigmatismo es una condición de ceguera causada por una anomalía del ojo. La córnea tiene forma irregular, por lo que, la luz que se proyecta, no se enfoca en un solo punto como en las córneas normales, sino en varios puntos, lo que causa que los objetos se perciban borrosos y con contornos distorsionados tanto de lejos como de cerca. Esta situación puede ser de nacimiento o bien a causa de una enfermedad, tal como me ocurrió a mi y puede empeorar con el paso del tiempo si no es tratada, lo que por supuesto yo mismo provoqué. Yo, como toda víctima de astigmatismo, no vi nunca como hubiera querido ver, como mi abuela lo hacía, como Doña Antonia lo hacía, como todos en mi familia lo hacían, sin embargo, yo mismo convertí esta condición en un monstruo que destruyó más que solo mis ojos, destruyó mi mente y la forma en la que me ví a mi mismo durante muchos años. A esta condición hoy le llamo miostigmatismo, una condición que supera la causa física, que combina el orgullo, el autosabotaje y la negación de uno mismo.

Toda mi vida, desde que tuve conciencia de mi problema, había luchado por no ser lo que era, luchar contra todos mis defectos y ser perfecto, sin embargo, debí más bien iniciar por aceptarlos, pedir ayuda y aprender a vivir con ello, resolviendo lo que mis capacidades fueran permitiendo sin importar lo que dijeran los demás. No me había dado cuenta del error en el que estaba hasta que Luca se fué de mi vida y volví a sentirme solo una vez más, tal y como ocurrió en los días en los que mi abuela, Doña Antonia, mis padres y las personas con las que formaba un vínculo se fueron.

Me encontré solitario nuevamente, pero mi soledad era por la ausencia de mi mismo. Me había perdido al buscar las etiquetas que dijeran todo lo bueno sobre mí, olvidando que soy humano y sobre todo olvidé que las etiquetas no tienen valor si no clasifican el producto correcto, que al final solo importa el contenido. Comprendí también que el peor ciego es aquel que no quiere ver.

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